El capitalismo mercantil ha existido, con sus auges y descensos, desde, al menos, ya por la época de los hititas. La diferencia más llamativa entre el capitalismo mercantil y el capitalismo moderno, es que la producción capitalista nueva es el medio principal para producir, tanto la riqueza nueva de los capitalistas, como la base en la producción de los medios materiales, de la continua existencia de la mayoría de la población del mundo capitalista. El capitalismo mercantil, en su periodo más temprano, incluía alguna pequeña producción capitalista (en el sentido descriptivo del empleo capitalista del trabajo asalariado para la producción de mercancías) como una característica menor de su existencia en aquellos periodos, pero la fuente principal de la acumulación capitalista de riqueza era la producción no capitalista. Además, aunque el capitalismo mercantil jugó un papel de mediación altamente importante en provocar el destinado colapso de los imperios aqueménidas y romano, no fue la forma característica o dominante de esas sociedades, pero existió, más o menos, como un tumor parasitario o simbiótico dentro de las sociedades no capitalistas.
Por estas razones, como veremos, el capitalismo mercantil no estaba sujeto a la Ley del Valor , no estaba inmediatamente sujeto a las categorías socio-económicas de la acumulación capitalista. El capitalismo mercantil, de por sí, no es capitalismo.
El capitalismo mercantil del Renacimiento, al hacer cada vez más hincapié en la supeditación de la producción capitalista, y acumulando nueva riqueza a través de la producción capitalista (aunque no la mayor parte de su riqueza), extendió la escala de acumulación más allá de los límites, dentro de los cuales, la acumulación capitalista podía continuar sin expandir la producción de la riqueza general de una manera capitalista. Esta transformación la ejemplifica la quiebra española del siglo XVI.
En efecto, España parecía haber "perdido dinero", en sus saqueos en el Nuevo Mundo. Para conquistar este nuevo dominio, España se vio obligada a financiar naves y materiales, por medio de préstamos de los principales bancos europeos. El riesgo, la liquidez, y la usura, siendo lo que eran, y lo viajes, tan largos como lo fueron, hicieron que los conquistadores que pisaban tierra se comportaran de la manera indecorosa en la que los propietarios comunes lo hacen, tomando de los nativos todo botín que se vendería después en Europa, afín de devolver los préstamos. Sin inquirir tanto en el despilfarro español, y las duras técnicas de negociación de los compradores del saqueo del Nuevo Mundo, podemos ver que el efecto neto de toda esta empresa (que llevó menos de un siglo) fue que España careció, constantemente, de medios para pagar el servicio de la deuda corriente, porque se refinanció en forma préstamos adicionales, creando un esquema piramidal, y elevando el nivel del servicio de deuda corriente española a niveles estratosféricos.
Tenía que pasar. La cantidad de saqueo del Nuevo Mundo, adecuada para traerla a Europa en pequeños navíos para su venta inmediata a los precios predominantes, se vio, obviamente, limitada por la división del trabajo productivo y el desarrollo asociado dentro de las regiones conquistadas, y por la limitada tecnología de los conquistadores, limitando las formas de riqueza "natural"que podría explotarse como riqueza. Ciertamente, los ritmos de excedente social en la creación de riqueza de la población conquistada, apenas pudieron alcanzar los ritmos del servicio de deuda de los préstamos de los bancos europeos. Por tanto, inevitablemente, se alcanzó un punto de intersección en el que el servicio de deuda, debido por el trono de España, excedió el ritmo de saqueo potencial del Nuevo Mundo, ¡A un punto, de hecho, en el que el servicio de deuda excedió a los ingresos nacionales de España!
En esta encrucijada, Su Gran Majestad Católica, el Rey de España, se volvió sensible a los pecados de sus predecesores, y se avergonzó, al descubrir, que él también había sido culpable de seducir a sus acreedores en la mortalmente pecaminosa práctica de la usura. Su Gran Majestad Contrita se impuso la pena canónica de repudiar sus pecados (sus deudas), y las principales casas banqueras europeas colapsaron en la consiguiente epidemia de la virtud cristiana.
En repetidos episodios de este tipo, aunque menos célebres, nació la rama del conocimiento llamada: economía política, o "economía nacional", basada en la reflexión pragmática de que la cantidad servicio de deuda comprometida por parte de un monarca, no debía ser mayor que el ingreso nacional. En cambio, se volvió aparente que la acumulación capitalista cesaría, y los capitalistas se verían obligados a subsistir recibiendo la colada financiera del otro, a menos que la escala de producción de riqueza, se incrementara , aproximadamente, al mismo ritmo que el crecimiento del valor papel. Donde fuera que los monarcas emergentes, Hugonotes, y otros investigaran los medios para, así, aumentar la riqueza nacional, la misma dualidad, el precio de la deuda capitalizada y la cantidad del erario nacional en formas de mercancías disponibles, para cumplir el servicio de la deuda, les confrontó de la manera más persistente.
Consideraremos este periodo de manera más detallada más tarde. El periodo que va del siglo XIII al XVII se considera, inocentemente, como feudal. De hecho, estuvo caracterizado por una forma de sociedad intermedia entre el feudalismo y el capitalismo, una transformación capitalista mercantil del decadente proceso de expansión feudal, en una sociedad capitalista mercantil basada en anteriores modos de producción feudales cada vez más alienados. En la historia inglesa, este fenómeno se puede rastrear en los cambios en las formas políticas, a partir de las reformas eduardianas del siglo XIII por medio de los Tudor, y en el ascenso de la incidencia en el producto alienable y el trabajo asalariado alienable. Para nuestros propósitos inmediatos, basta enfatizar la contradicción fundamental entre los ritmos capitalistas mercantiles de acumulación, y los ritmos inferiores de acumulación de la posible riqueza real, con formas feudales cosificadas. El derrumbe de este desarrollo capitalista-mercantil en el periodo que va desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, refleja, como veremos, los resultados del esfuerzo por cumplir el servicio de la deuda, y los costes militares asociados, de la acumulación capitalista mercantil mediante el saqueo de la base material de la producción existente y la reproducción social , como lo ejemplifica la imagen general por parte el francés Jacquerie y la Guerra de los Treinta Años. Tal y como expresa el "nuevo modelo" del ejército de Wallenstein la esencia de la Guerra de los Treinta Años, el saqueo de Europa provocó la decadencia general en la mayoría de las partes del viejo orden, acompañado por la despoblación de las grandes regiones y la relegación de grandes proporciones de la población desechada a la mendicidad y el bandolerismo, pareciéndose así a los ciclos decadentes del "despotismo oriental".
La Ilustración de los Tudor, que alcanzó un clímax preliminar hacia 1589, reflejó la apariencia de una solución a este colapso general en la forma de un aumento progresivo de aquellos centros urbanos donde un nuevo progreso tecnológico producido estaba demostrando los principios fundamentales del Humanismo (las capacidades creativas del hombre como única base para la existencia humana y el valor del individuo a la sociedad) y el Progreso (como única alternativa a la extinción). Humanismo y Progreso significaron, después, desarrollo capitalista, libertad política capitalista y el aspecto útil al capitalismo de libertad, el desarrollo tecnológico capitalista.
El capitalismo mercantil pasó por los procesos necesarios de una gran bancarrota, que eliminó a los banqueros y a las instituciones políticas asociadas del viejo orden. Mientras sucedía un renacimiento de la crisis de desintegración en Inglaterra, Países Bajos, y Francia, emergía allí un mercantilismo renacido que recurría inevitablemente a sus viejos trucos donde fuera posible o permitido, pero aceptado como su destino universal de formas capitalistas emergentes de acumulación.
Por ello, comenzando con las nociones rudimentarias de economía nacional ejemplificada por los Tudor, la última parte del siglo XVII vio el ascenso de los gérmenes de una economía política sistemática, y el siglo XVIII fue testigo del explosivo de desarrollo de la economía política en los fisiócratas, Adam Smith y Ricardo.
Este enfoque aproximado de la economía política, a diferencia de la fantasía autista ejemplificada por los modelos de Robinson Crusoe de los "principios naturales de intercambio capitalista", demuestra dos principios. Primero, esto es, de manera más inmediata, el ascenso del capitalismo como la solución a la crisis de desintegración del mercantilismo precedente, demuestra la naturaleza del problema a resolver: la relación irónica de la acumulación de capital como una forma política de un título de propiedad a una base material. La ironía se localiza en la correspondencia necesaria entre los ritmos de servicio de deuda sobre el capital que puede pagarse, y en la porción del producto excedente disponible para el pago, en la producción de riqueza social. Este enfoque elimina la ilusión de que existe algo natural en los valores de cambio de la producción y circulación capitalista, localizando la determinación de los valores de cambio como un proceso creado en un punto definido en la evolución de la sociedad humana, y más desarrollado en una manera definida e históricamente específica. Además, esta lección implica una importancia mucho más profunda. Si procedemos a tomar una visión antropológica de toda la existencia humana a lo largo de lineas de investigación similares, nos vemos obligados a reconocer "leyes físicas"elementales del desarrollo humano en general. Este punto es resumido por Marx en la contribución "Feuerbach" a la Ideología alemana y, especialmente, en la conclusión del Volumen III de El Capital, donde observa que la existencia humana depende de la Libertad (las innovaciones creativas en la tecnología y en las formas asociadas de organización social de las fuerzas productivas en la cultura) y la Necesidad (la expresión de las leyes del universo en forma tanto de condiciones del problema a ser resuelto, como las características de un remedio positivo a esos problemas). El rasgo invariable de esta interconexión es el Progreso, que se expresa tanto en forma de avances cualitativos en el poder productivo del individuo en una sociedad más avanzada, como en un ritmo de aumento del excedente social ("energía libre") en el modo de producción asociado con esa sociedad. Por otro lado, nos vemos obligados a reconocer que esta evolución no ocurre como un modo simple, único y general de evolución social, sino en pasos distintos; formas distintas de sociedad que cada una esta caracterizada por un conjunto diferente de leyes específicas de desarrollo. Estas leyes de comportamiento inmediato para sociedades enteras y los individuos que lo componen, representan necesariamente una solución, en términos de la invariable subyacente, al fracaso de las formas precedentes y reemplazadas. En esa medida, tienen que ser progresivos, exitosos, y relativamente positivos para la humanidad. Sin embargo, dado que no son los principios invariables subyacentes, tienen que ser además falsos, y representan, en consecuencia, una profunda fuente de error que tienen que expresarse en última instancia en la caída de esa sociedad como una forma útil de existencia humana.
Por ello, para enfocarnos por un momento en esta segunda noción, una sociedad representa dos principios invariables. De manera inmediata, representa su propio principio característico; pero este contradice la otra invariable subyacente. El resultado de esta contradicción es una nueva invariable del primer orden, relacionada similarmente a la invariable subyacente. La elaboración así definida es la historia de la humanidad, la antropología en general.
AUTOR: Lyndon LaRouche
FUENTE: ECONOMÍA DIALÉCTICA; CAP.2; ¿Qué es economía?
FUENTE: ECONOMÍA DIALÉCTICA; CAP.2; ¿Qué es economía?

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